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99 Aniversario // El Universal

EL UNIVERSAL dio seguimiento al asesinato de Álvaro Obregón

Xochiketzalli Rosas

El día de su muerte, el general Álvaro Obregón llegó a bordo de su automóvil Cadillac al restaurante campestre “La Bombilla”, en San Ángel, minutos antes de las 13:00 horas. Era el 17 de julio de 1928 y recién lo habían elegido para ejercer su  segundo periodo presidencial (1928-1932). Asistía a un banquete de la representación guanajuatense de la 33 Legislatura del Congreso de la Unión. Vestía un traje gris y accedió a posar con un grupo de comensales para una foto, ahora histórica.

EL UNIVERSAL reconstruyó en una detallada y puntual crónica todo lo que ocurrió en las horas previas y posteriores al asesinato del último caudillo de la Revolución. Varios redactores describieron cada escena y los detalles inéditos con testimonios exclusivos.

La comida estuvo amenizada por la Orquesta Típica del maestro Esparza Oteo. Mientras sonaba Rapsodia mexicana de Chucho Corona, el general, junto con los políticos mexicanos que lo acompañaban, charlaba de la lucha electoral y del atentado que había sufrido el 13 de noviembre de 1927.

A las 14:20, un joven delgado, con vestimenta formal, se acercó lentamente a la mesa de honor con un carnet en la diestra, en el que parecía escribir. Nadie le concedió importancia. Se colocó cerca del diputado Topete y le mostró dos caricaturas que había dibujado: una de Obregón. “Voy a enseñárselas al general. A ver qué dice”. Con un paso se colocó a su espalda. De pronto, se escuchó un par de detonaciones; era la pistola automática calibre 22. Obregón no tuvo tiempo de hacer ningún movimiento para su defensa. Todos los balazos dieron al blanco.

En breves segundos sujetaron al homicida, quien permaneció de pie. Todo duró un minuto. Se cree que murió instantáneamente, pero un grito les dio esperanza: “¡Está vivo! ¡Un médico, que todavía puede salvarlo!”, y lo trasladaron a su domicilio. Álvaro Obregón murió a las 15:50 horas.

Croquis de la escena del crimen

El día del asesinato, uno de los reporteros de esta casa editorial estuvo a las 16:30 de la tarde en “La Bombilla”, justo en el momento en que el jefe de las comisiones de seguridad y varios detectives iniciaban las investigaciones. Ahí, se levantó un croquis de la mesa, que todavía estaba puesta y conservaba el último platillo servido.

El lugar que ocupaba Obregón era vigilado por dos gendarmes. El platillo del divisionario sonorense contenía un pedazo de cabrito enchilado, adornado con ensalada; frente al guiso  había cuatro copas, una con agua de Tehuacán, otra verde, con vino blanco y dos más vacías. También varios platones con guacamole y tortillas.

Cerca de la mesa tirada estaba un pedazo de la corbata que le fue arrancada al asesino cuando fue capturado. Aquel reportero tuvo la oportunidad de entrevistar al propietario del restaurante, Emilio Casado, y a los cinco meseros que atendieron. Casado preparó un banquete de 70 cubiertos. Primero sirvió el coctail y un entremés a la mexicana, luego una crema portuguesa de tomate, en seguida unos huevos con champiñones y más tarde pescado a la veracruzana. Mientras él coordinaba el envío de pastel y los mozos repartían el cabrito, escuchó los disparos. Al mesero de nombre  García le tocó servir a Obregón; mientras que el mesero Elorrieta fue quien vio todo y declaró que la orquesta acababa de tocar Limoncito cuando el asesinato ocurrió.

El mapa continuó hasta el domicilio de Obregón, donde se entrevistó a Mariano Vértiz, empleado del ayuntamiento de Tacuba que estaba como invitado y quien proporcionó todos los informes del crimen, y lo acompañó en la reconstrucción fotográfica.

–¿Y usted no vio al asesino antes del crimen? –le preguntó el reportero.

–Sí, recuerdo haberlo visto vagando entre las mesas con un block de papeles haciéndose pasar como caricaturista de ocasión.

Todos los testigos lo vieron andar entre los invitados. Iba sin sombrero, detalle, en que todos coincidieron, sirvió para que nadie desconfiara de su presencia. Hasta el 19 de julio se levantaron los manteles de aquel banquete.

El juicio

Oscar Leblanc realizó la crónica puntual y detallada del juicio del 2 de noviembre de 1928. En el relato destacó el interrogatorio del juez Aznar a Toral frente a un jurado popular. Las declaraciones del acusado fueron impactantes: “Sólo vi una cara sonriente cuando le mostré la caricatura y apreté el gatillo”, narró. Desde el 7 de julio se decidió a matarlo. “Me dolía que estuviera muriendo inútilmente tanta gente. Los rebeldes perseguidos y los podres soldados que iban más bien por obligación que detrás de un ideal y entonces me di cuenta que era necesario un sacrificio”. Después de cuatro horas, el veredicto fue claro: la muerte.

Las entrevistas

Tres días después del asesinato ya se sabía que el responsable era oriundo de Matehuala, San Luis Potosí, y se llamaba José  de León Toral, tenía 27 años y había trabajado como dibujante en una publicación metropolitana. EL UNIVERSAL indagó más sobre su historial y descubrió que era alumno inscrito en la Universidad Nacional en la Escuela Nacional de Bellas Artes, desde 1926. En la edición del 20 de julio de 1928 publicó los datos de la última inscripción: anatomía, perspectiva, dibujo desnudo, pintura; y como la ficha estaba firmada, esta casa editorial obtuvo una calca de su firma que publicó en una composición de fotografías para la nota gráfica de esa información.

Durante los meses posteriores, las diligencias informativas del caso publicadas en EL UNIVERSAL no tuvieron tregua. Así, el 3 de noviembre de 1928, al día siguiente del juicio, se publicó la primera entrevista exclusiva con Toral, el texto fue titulado Soy un muerto que anda; me han dejado vivir, firmada por Carlos G. Villenave. El reportero lo visitó en la cárcel. Con su cuaderno de dibujo bajo el brazo y un legado de papeles en la mano, Toral llegó hasta el reportero. En el patiecillo estrecho circundado de altos muros, la custodia no lo abandonaba. Saludó afectuoso, se apoyó en una saliente del muro y encendió el cigarrillo que le ofrecieron.

–Es algo que dije desde un principio y repetiré hasta la muerte. Únicamente yo he sido quien planeó y ejecutó la muerte del general Álvaro Obregón. Cuando tuve la convicción plena de que iba a morir, medité largamente en lo que iba a hacer. ¡Si usted supiera las horas que pasé, preocupado, encerrado en las cuatro paredes de mi cuarto… dando vueltas a aquella idea y luego los preparativos, la pistola que pedí prestada, mi ensayo frustrado de tirador en la Villa de Guadalupe, en el que me convencí de que si no disparaba de cerca era inútil el sacrificio que iba a hacer de mi vida!

–¿Sacrificio? –inquirió Villenave.

–Sacrificio, puesto que me han dejado vivir porque han querido, pero yo soy un muerto que anda –y le mostró un bosquejo en su carnet de dibujos; él se había trazado en el momento del fusilamiento. Se pintó de pie, con los ojos al cielo, y los soldados, en línea, le disparaban–. Aún no le pongo leyenda, pero lo voy a titular El Engaño. Estos hombres creen disparar sobre un vivo, y están fusilando a un cadáver.

Aquel cuaderno lo dejó de herencia a su esposa e hijos; los dos que ya tenía y el que aún se contraba en el vientre materno. La segunda entrevista se realizó en enero de 1929, un mes antes de que Toral recibiera la pena máxima. Los reporteros Jacobo Dalevuelta y José Pérez Moreno entrevistaron a los dos responsables del asesinato: Abadesa Concepción Acevedo, “La Madre Conchita”, y José de Léon Toral, quien pidió que se publicara el día de sus últimos momentos de vida. La conversación que duró 10 minutos se publicó el sábado 9 de febrero de 1929.

El fusilamiento

A las 12:35 del sábado 9 de febrero de 1929, con el apagado eco de las campanas del reloj de la Penitenciaría de Lecumberri, sonó la descarga que mató a Toral. Minutos antes,  ligeramente nervioso se apresuró a beber un largo trago de una botella de coñac que se le había llevado. Una gota de licor cayó en su zapato izquierdo y, de inmediato, sacó su pañuelo y la limpió escrupulosamente, describía la crónica.

“¡Fuego!”, mandó la ejecución el comandante José Rodríguez Rabiela. Y se escuchó cerrada, uniforme, la descarga. En ese instante, Toral gritó ¡Viva!, pero la muerte apagó en su garganta las últimas palabras.