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99 Aniversario // El Universal

Este año se celebró el centenario del natalicio de Rafael Solana,  que inició su carrera publicando cuentos infantiles en EL UNIVERSAL ILUSTRADO

Por Isis García Martínez

En 1929, a los 14 años de edad, Rafael Solana Salcedo escribió su primer texto en EL UNIVERSAL, donde llegó a publicar más de 5 mil artículos hasta 1992, año en el que murió.

Este 7 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento del escritor, que a los 19 años publicó Ladera, su primer libro de poemas.

“Nací un año antes que EL UNIVERSAL, que es el más antiguo de todos los periódicos todavía vivos de México, y aquí empecé a trabajar, bajo el ala de mi padre, que figuró en el plantel de los fundadores de este diario, desde 1929”, afirmó Solana.

El escritor curtió su piel de periodista desde muy joven. Su gran escuela fue esta casa editorial y su principal maestro fue su padre, Rafael Solana Verduguillo, quien junto con Félix F. Palavicini y otros colaboradores, fundó este diario en 1916, periódico del que sería director en 1934.

Sobre su progenitor, Solana consignó que éste “fue un periodista muy completo, un escritor ameno y correctísimo, tan profundo conocedor en materia tauromáquica, como ágil prosista, cuyas crónicas las mañanas de los lunes no habría querido perderse ningún aficionado de la fiesta brava”.

Su primera publicación fue entre las páginas de EL UNIVERSAL ILUSTRADO, a los 14 años. La secundaria donde estudiaba entró en huelga, así que su padre, mejor conocido como Verduguillo, lo dejó encargarse de una plana en el diario, la cual llevaba por nombre Pulgarcito. Solana escribió varios cuentos, el primero se publicó el 6 de enero de 1929 y se tituló Los tres hermanos. La página duró sólo unos cuantos domingos.

Por esos años, la dirección del diario estuvo a cargo de Miguel Lanz Duret, quien fue también su profesor en la Escuela de Altos Estudios de Derecho.

Solana tuvo la suerte de aprender con los mejores periodistas de su época como don Artemio del Valle-Arispe, escritor e historiador, colaborador de este matutino y una de sus influencias literarias.

Impulsor del cine

Aprendió a hacer crónica cinematográfica con “don Angél Alcántara Pastor, que firmaba sus reseñas como El Duende Filmo. “Fue ya francamente un pionero, y un impulsor en gran medida del cine que nacía, en su doble carácter de crítico y publicista.

Este diario fue el periódico que más significó en ese apoyo a la industria naciente, a la que hizo campañas de difusión y de prestigio don Ángel como nadie más”, narró Solana en una columna de 1981.

El también periodista practicó la crónica taurina, el teatro, la novela, la poesía, la crítica y la reseña literaria. Lo mismo hablaba de cine, que de música y ópera. “Era un periodista con una ubicuidad sorprendente”, afirmó a este diario Claudio R. Delgado, investigador y promotor de la obra de Solana, autor del libro Mil nombres propios.

De reportero a columnista

“Comencé a publicar, en este mismo diario, cuando se acercaba a su fin la tercera década de este siglo, sin dejar pasar día, ni laborable ni festivo, al extenuante ritmo de más de siete artículos por semana, es decir, más de uno cada día, esto alcanza a sumar holgadamente más de tres mil artículos, lo que también es una especie de récord, por más que yo hubiera querido escribir tres artículos excelentes que tres mil intrascendentes o mediocres”.

Una faceta poco conocida de Solana fue la de reportero, incluso fue corresponsal. Durante la Segunda Guerra Mundial para la revista Siempre, él y José Pagés Llergo decidieron dividirse Europa para cubrir el conflicto. Uno de los propósitos de Solana fue entrevistar a Benito Mussolini, sin embargo, las circunstancias se lo impidieron. Días después se lo encontró en la ópera.

A partir de la década de los años 50 corrigió textos. “Hoy tal vez el corrector de pruebas es una figura del pasado, digna de que Ricardo Cortés Tamayo la ponga entre sus mexicanos que se pintan solos, con el sereno, el aguado, el hombre que vendía los azucarillos, el organillero, que ya nada más, como Lola Beltrán está en Bellas Artes. En algunos periódicos por completo se les echa de menos”, djo Solana antes de ser invitado a la plana editorial del periódico, en 1959.

“Hace diez años encontraban en el mismo rincón de esta plana la colaboración siempre interesante y en todos los casos bellamente escrita de don Genaro Fernández MacGregor.

Cuando falleció en 1959, don Fernando M. Garza, que era en esos días escritor de ese diario, me hizo el inmerecido honor de conferirme en herencia esta esquina, que yo acepté con la misma inconsciencia que he aceptado otras herencias.

Piénsese que estuve seis años trabajando en el escritorio de José Vasconcelos, y luego en la mesa de Antonio Caso, y en el escritorio de Adolfo López Mateos y después el de Pedro Ramírez Vázquez”, describió el también dramaturgo en su última columna, publicada una semana antes de morir, en 1992.

Una pluma incansable

Rafael Solana fundó las revistas Taller Poético y Taller. En 1976 obtuvo el Premio Nacional de Crónica. En 1986 el Nacional de Ciencias y Artes. En 1991 el Juan Ruiz de Alarcón. En 1992 la Medalla Mozart. Su obra abarca los géneros, como la poesía, la narrativa, el cuento y el teatro.

A lo largo de su vida ocupó diversos cargos como funcionario en el ámbito de la cultura y las artes. Además, dejó un legado muy significativo con sus aportaciones narrativas. Entre los escritores de su generación se encuentran Octavio Paz, Efraín Huerta y Alberto Quintero.

“Don Rafael siempre estuvo presente en los actos y espectáculos de los que escribía. Era de una sencillez extraordinaria. Yo y mi hermana solíamos llevarle los periódicos, en ocasiones él nos entregaba algunos de sus artículos y nos preguntaba cómo los veíamos, quería saber la opinión de la gente joven”, afirmó Claudio R. Delgado.

“Era un escritor transparente. Se lee como un vaso de agua; claro, pulcro. Sutil con sus críticas, después de que en una ocasión un torero se suicidara tras un severo texto que Solana escribió sobre su actuación” expresó Delgado.

“Ya sé que es de pésimo gusto el que un periodista hable de sí mismo, a riesgo de para nada interesar a sus lectores: pero hacerlo una vez cada 50, 70 ó 100 años no es tan grave como hacerlo siempre. Por eso confío en que esta vez ustedes me perdonen”, explicó don Rafael Solana en su columna publicada el 5 de enero de 1991.

Entre sus obras destacan los títulos: Ladera (1934); Las estaciones (1958); El envenenado (1939); El sol de octubre (1959); La casa de la Santísima y todos los cuentos (2000).